Querida abuela Encarna:
Ha pasado una infinidad desde que nos comunicamos la última vez, han ocurrido tantas cosas que sólo me voy a remitir a las más cercanas en el tiempo y una de ellas es que cuando vengas tienes que ingresar, aunque sea tus fondillos, en uno de los dúctiles asientos de la fachada de la iglesia.
Hay bancos y cajas que te cobran por cualquier cosa: por una transferencia, por una tarjeta, por extraer dinero en un cajero distinto, etc., etc. No hablamos de los descubiertos, los préstamos, las hipotecas... (Aunque adopten nombres tan sugerentes cómo Cívica -¡ay! Si fuera así- o Bankia que no sé si se traducirá por Ban… ¡quiá!)
Estas cajas, bancos y otras industrias del dinero, que se unen o se separan con la facilidad de los nuevos matrimonios no son tan seguros y fuertes como los bancos del ayuntamiento. Ésos que te agradecen que te sientes en ellos, tal y como ocurre con los bien basamentados en las inmediaciones de nuestro templo parroquial.
Escaños que no necesitan el peaje de las urnas para ser utilizados y que son sitiales bien orientados hacia los buenos vientos que corren alrededor.
Las entidades financieras están emplazadas en los lugares más céntricos de las ciudades, buscando la ostentación y el poder que significan los lugares más rancios y de mayor abolengo.
Muchos de los segundos bancos, los de forja, no estaban contentos con su situación, bien porque se encontraban cerca de la basura, en lugares estrechos; bien porque no fuesen cómodos ante las inclemencias atmosféricas, especialmente el tórrido “Lorenzo” de las calendas veraniegas; bien porque estadísticamente no presentaran un número de sentadas suficientes.
La cuestión es que en ámbitos de gobernabilidad local se echa en cara el cambio de sitio, aludiendo a que los usuarios de los escabeles de herrería son amigos de cierto edil, sin tener en cuenta que si todos tuviésemos la misma intención, la de luchar por un pueblo mejor, no habría lugar a tan pueriles situaciones, fruto de quienes nos creemos imprescindibles, y escucharíamos con el mismo interés a quienes sabemos que nos votan y a quienes creemos que no nos han votado.
Como amigo de todos, no tengo otra cosa a la que agarrarme, aunque sea para que todos los bancos conozcan los buenos y los malos lugares, que concluir diciendo que: “quien tiene un amigo tiene un tesoro”
Hasta la próxima, un beso,
El Roque
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